Su respiración se encontraba acelerada. Podía oír el latido de su corazón, los suspiros entrecortados, los jadeos que se esforzaba por esconder. Sus ojos se encontraban fuertemente cerrados, como si se negara a ser testigos del acto que llevaría a cabo.
Su cabello caía sobre las almohadas, tan largo, tan oscuro, haciendo contraste con lo pálido de su piel. La única pizca de color se encontraba en sus labios, que lucían rojos como una jugosa cereza. Probablemente a causa de las mordidas que ella