El teléfono de Valeria vibró a las siete de la noche. Estaba sentada en su departamento, mirando la pantalla del televisor sin verla realmente, cuando el nombre de Ruiz iluminó la pantalla.
—¿Hola? —respondió con voz ronca.
—Valeria. —La voz del abogado sonaba cansada pero firme—. Lo conseguí. Tienes treinta minutos. Máximo.
Ella se puso de pie de golpe, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba violentamente.
—¿Cuándo?
—Ahora. Estoy afuera de tu edificio. Te llevaré.
Valeria tomó su bolso sin