Noah la miró con algo roto en los ojos. Amor, miedo y resignación. Sabía que ya no tenía salida. Que esa era la última frontera que lo separaba de perderla para siempre… o de que por fin lo entendiera.
Respiró hondo, el pecho subiendo con un temblor apenas perceptible.
—Está bien, Valeria —dijo al fin, pasando una mano por su cabello y sentándose frente a ella.
Ella no se movió. Seguía sentada, con los dedos entrelazados tan fuerte que los nudillos se le habían puesto blancos. Sus ojos,