Bill mostró los dientes, luego estrelló a Charles contra la pared con un golpe nauseabundo que hizo temblar cada cristal en la habitación.
El impacto le robó el poco aliento que le quedaba a Charles; se desplomó en el suelo, tosiendo violentamente hasta que las lágrimas bordearon sus ojos.
—Mírate —se burló Bill, con los labios curvados en disgusto—. Te has orinado encima, ¿verdad? Patético pequeño cobarde.
Charles permaneció de rodillas, temblando tan fuerte que apenas podía mantenerse erguido.