Capítulo veintiocho

—Cuando dije que no debía exigirse demasiado, me refería tanto física como emocionalmente, señor De Lucci —Theresa oyó la aguda reprimenda en la voz ligeramente familiar y frunció el ceño mientras intentaba escuchar por encima del extraño zumbido en su cabeza—. ¿En qué demonios estaba pensando al alterarla así menos de media hora después del procedimiento que acababa de pasar?

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