—¿Qué haces aquí? —Theresa se detuvo en el umbral de la cocina y miró al hombre grande que estaba frente a la nevera abierta, vestido solo con pantalones de chándal holgados, sin zapatos ni camiseta. Él se giró lentamente para mirarla a los ojos y ella tragó saliva, pasando el enorme nudo que se le había formado en la garganta repentinamente seca. Dios, era mucho más guapo de lo que recordaba. Ella, en cambio, se sentía poco atractiva y desaliñada con el pijama corto de seda de Silvestre el Gat