El lunes siguiente, Renata firmó el contrato de arrendamiento.
El agente inmobiliario le entregó las llaves en el lobby del edificio a las diez de la mañana. Dos llaves. Renata las tomó, las guardó en el bolsillo del saco de trabajo, y le agradeció al agente con la brevedad de quien tiene el siguiente punto del día ya calculado.
Subió al tercer piso.
Abrió la puerta del apartamento vacío.
La luz del norte entraba por la ventana principal exactamente como había imaginado. Fría. Blanca. Sin sombr