Adriano llegó a Gastown a las ocho menos cinco del sábado.
No con café esta vez. Solo con el abrigo de membrana correcto y los zapatos que Renata le había dicho que usara cuando el adoquín mojado hacía que cualquier suela de cuero fuera un problema. Los había comprado el viernes por la tarde en una tienda de la calle Robson sin que nadie se lo pidiera.
Renata ya estaba ahí. Cuaderno de campo abierto, cámara colgada al hombro, la espátula de acero en el bolsillo del saco de trabajo como si lleva