Natalia caminaba detrás de Diego hacia la habitación del hospital.
Él se giraba de vez en cuando para lanzarle una mirada de advertencia.
—Aquí estoy —dijo Natalia—. Descuida, no voy a salir corriendo.
Diego apretó los labios:
—Sígueme.
Al verla tan callada, sentía un mal presentimiento.
—Está bien, está bien.
Natalia trotó un poco para alcanzar el paso de Diego y se colocó a su lado.
Al entrar, Camila estaba desayunando.
Llevaba puesto el camisón del hospital y se veía frágil, dulce y recata