Esa noche, la casa seguía impregnada de tensión. Los sollozos de Aurora no cesaban tras presenciar la discusión de sus padres. Daryl, que no quería prolongar el enfrentamiento, no tardó en alzar a su hija en brazos.
—Papá, no te enojes… —suplicó Aurora entre hipidos, con el rostro infantil empapado en lágrimas.
Daryl acarició suavemente su espalda. Luego, estrechándola contra sí, murmuró:
—Tranquila, Aurora. Papá no está enojado. Lo mejor será que descanses ahora, ¿sí?
La niña rodeó con fuerza