A la mañana siguiente, en la sede central de la empresa. Desde el piso más alto, Daryl permanecía inmóvil frente a la gran ventana, contemplando la hilera de edificios de la ciudad. Con los brazos cruzados y el rostro serio, las palabras de Alicia resonaban aún en su cabeza: la razón de su partida, la enfermedad que decía haber sufrido.
Unos golpes suaves sonaron en la puerta.
—Señor, ¿puedo pasar? —la voz de la secretaria se escuchó cautelosa.
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