—Entonces estás libre —vociferó Margaret apenas los vio cruzar la puerta del pasillo. Su voz rebotó contra las paredes grises del edificio de la comisaría. Lucien levantó la mirada, sorprendido por la agresividad en su voz, mientras seguía sosteniendo la muñeca de Lorain.
—Sí… está libre —respondió, tratando de sonar firme—. Pagué la fianza.
Apenas soltó la mano de Lorain, ella inhaló con dolor fingido, llevándose el brazo al pecho como si apenas pudiera moverlo. Margaret ladeó la cabeza, y un