Las lágrimas se deslizaban por las mejillas de Margaret sin que ella hiciera nada por detenerlas. Había pasado demasiado tiempo encerrada en ese lugar, viendo las mismas paredes, escuchando el mismo sonido constante de los motores y sintiendo que su vida se había detenido en el momento exacto en que Adrien la había subido a aquel yate.
En un par de ocasiones el barco se había acercado a tierra firme, lo suficiente para que ella notara el cambio en el movimiento y escuchara el ruido lejano de ot