Margaret permanecía de pie frente al espejo del vestidor, impecable, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ella. El vestido seguía en su sitio, el maquillaje intacto, el perfume aun flotando en el aire. Sin embargo, algo dentro de ella comenzaba a resquebrajarse.
Miró el teléfono por enésima vez.
No había un nuevo mensaje de Lucien confirmando su recogida.
Habían pasado casi treinta minutos desde que él le había escrito que “ya estaba cerca”. Treinta minutos de silencio absoluto. Mar