Lucien se ajustaba el reloj frente al espejo, concentrado, ni siquiera pudo dormir la noche anterior de solo pensar las razones de Antonio. Iba a reunirse con Gael y el resto de sus hombres; lo intuía en los huesos, algo no estaba encajando del todo.
Cuando tomó las llaves y se giró hacia la puerta, Margaret habló desde la cama.
—Antes de que te vayas… —dijo con calma.
Lucien se detuvo. La miró. Margaret estaba sentada, con la bata entreabierta y el cabello aún suelto. En sus manos sostenía un