Era temprano ese domingo, y todo parecía ir en calma.
La luz apenas se filtraba por las cortinas cuando Lucien entró a la habitación y se sentó al borde de la cama. Se quedó unos segundos observando a Margaret, que dormía de lado, con el rostro sereno, ajena al mundo. Se inclinó con cuidado y depositó un beso lento en su espalda desnuda, y deslizó sus dedos por su espina dorsal, haciendo que se estremeciera.
Ella se movió un poco, y suspiró.
—¿Dormiste bien? —él preguntó él en voz baja.
—Como