Margaret dejó el bolso sobre la mesa con un movimiento cansado y cerró los ojos apenas un segundo, como si el peso del día se le viniera encima de golpe. Avanzó hacia el comedor arrastrando ligeramente los pasos, inhaló hondo… y entonces habló, casi a regañadientes.
—Huele delicioso.
Lucien levantó la vista desde la cocina. La observó en silencio, apoyado contra la encimera, con esa expresión suya que nunca era del todo clara. Había algo extraño —casi irónico— en la escena: él allí, entre las o