Antonio bebía solo.
La copa de cristal descansaba entre sus dedos mientras observaba su reflejo en el espejo amplio de su despacho. El licor descendía lento por su garganta, quemándole la piel, pero él lo disfrutaba. Alzó apenas el mentón, estudiándose con detenimiento. La expresión ruda seguía allí, intacta, endurecida por los años y por las decisiones que lo habían convertido en lo que era. La cicatriz que le atravesaba el rostro —desde el pómulo hasta perderse cerca de la mandíbula— parecía