Olí también miraba el cielo.
Sentada en la terraza, con las piernas recogidas y una taza de té que ya se había enfriado, seguía con la vista el lento movimiento de las nubes. Había aprendido a quedarse quieta, a no pedir respuestas inmediatas. A aceptar que algunas verdades llegan cuando una deja de forzarlas.
Pensó en Claudio sin querer pensarlo. O tal vez queriéndolo un poco.
No lo recordó como sacerdote, ni como ausencia, ni como aquello que no podía ser. Lo recordó humano. Incómodo. Callado