[ZAED]
El amanecer llega sin pedir permiso. Una franja de luz dorada se abre sobre el horizonte, y el mar, que anoche era negro y voraz, ahora se vuelve un espejo tranquilo. El yate se mece suavemente, como si flotara entre dos mundos: el de los sueños que aún nos pertenecen y el de la realidad que ya nos está buscando.
Alya duerme a mi lado, su cabello desordenado cubriendo parte de su rostro. Su respiración es calma, casi imperceptible, y por un instante me atrevo a pensar que la paz existe.