Capítulo 32. Dividido entre dos mundos
Angelo
—Emily… —murmuro, acercándome con cautela.
Al verme, su llanto se desborda. Sus hombros tiemblan mientras se cubre el rostro con las manos.
El aire se vuelve pesado, como si cada sollozo suyo me apuñalara en el pecho.
Levanta la mirada con los ojos rojos; su voz se rompe al decir:
—No podemos seguir jugando con Leonardo de esta forma, Angelo. No es justo.
Sus palabras me atraviesan como un cuchillo. Y no puedo que el rencor se apodere nuevamente de mí.
—¿Justo? —pregunto con incomodida