Llegué a la universidad con veinte minutos de sobra. Los pasillos estaban llenándose del murmullo habitual de la primera hora mañanera y del sonido de los casilleros abriéndose y cerrándose.
Fui a mi casillero, a pesar de que casi no lo usaba. Prefería dejar mis cosas en mi casa o llevarlas conmigo en mi bulto que dejarlas ahí. Esta vez lo abrí porque, a poca distancia, Zoe charlaba con Ryan y me dio curiosidad escuchar lo que decían.
—No puedes negar que te gustó —susurró ella.
Él soltó una ca