—Para nada, amiga —chilló, carcajeando—. Cada quien tiene una debilidad.
Se relamió los labios, regresándose al lavamanos donde estuvo apoyada, esta vez para lavarse la cara.
—Y yo que pensé que el afortunado era mister Clé de Peau.
—Dios me libre —murmuré, girando al lavamanos para copiar su acción—. Pero no me has dicho nada, amiga, ¿qué se supone que haga? Siempre tienes una respuesta a todo, ayúdame.
Se sostuvo de ambas manos y giró a mi dirección. No se apresuró a hablar, me observó com