De nuevo sentí que estaba expuesta frente a todos los de la fiesta. Era muy probable que algunos estuvieran acechando desde una esquina, o eufóricos en la fiesta aguardando noticias del pelinegro. Pero claro, no podía echarles toda la culpa; yo fui la tonta que decidió venir a ese lugar.
—Ayling, entiendo que estés alterada, pero a mí no me importa lo que cualquiera de esos idiotas piense.
Su voz estaba cargada de enojo.
—¡Pues debería importarte! Son tus amigos.
—No, no me importan.
Y rompió