Mundo de ficçãoIniciar sessão“No tienes donde escapar”
—¿Qué? —Las palabras salen casi en un susurro, el sudor frio recorre la espalda de Rose. ¿ha escuchado bien? ¿ellos la han estado viendo desde hace semanas?
Si eso era cierto, entonces.
Los sueños.
—Leonardo. —Matteo gruñe, como si le advirtiera que está diciendo más de lo que debería, pero, para él, esto era divertido.
La confusión, el miedo, el sabor de la incertidumbre de aquella mujer. Lo llamaba para seguir haciendo lo que hace, y lo que mejor se le daba: atormentarla.
Pero el príncipe del orgullo no parece preocupado. En lo absoluto.
—¿Tan rápido quieres asustarla? —Matteo, desde su posición mantiene una expresión indiferente, parecía estar eternamente enojado, en una posición de alerta, como si en cualquier momento, se estaría liberando una guerra.
—No estoy asustándola. —Responde Leonardo con una voz cantarina, desencajando la expresión de Rose en incredulidad. Hablan como si ella no estuviera ahí.
En silencio.
Con una sensación de angustia en el estómago.
Luciendo un vestido que más bien parece una especie de lencería de alta costura antigua.
Sobre todo, sin topa interior.
—Claro que sí, la asustas…y después no podremos avanzar. —Gruñe Matteo en su lugar.
—Bien, bien entonces supongo que tienes razón. —Leonardo avanza hacia Rose, quien en contrariedad retrocede dos pasos. La sonrisa en su rostro le hace saber a ella que, nada está bien, solo que no tiene como demostrarlo. —Un príncipe debe de hacer caso a sus súbditos. —Murmura Leonardo.
Matteo en su lugar gruñe cual animal salvaje.
—Debo presentarnos de manera formal, aunque por la expresión de curiosidad quizás lo sepas—Rose baja la mirada unos segundos, luego se enfrenta a los ojos grises de Leonardo.
—No sé nada sobre ustedes. —Dice ella. —Y lo poco que he visto no me ayuda mucho. —Los tres la han escuchado pese a que esto último lo ha dicho en voz baja. Los ruidos y sonidos no tienen a donde escapar en aquella habitación.
—Por supuesto…Yo soy Leonardo. — Se inclina a penas, como un rey ofreciendo cortesía a una súbdita. —Él es Luca. —El joven se ruboriza ante la mirada de Rose, sus labios se movieron a penas para saludar, pero ninguna palabra salió.
Extraño.
—Y él. —Continuo Leonardo sin quitar la mirada de ella. —Es Matteo, no necesita presentación porque claro, si lo conoces, lo recordaras para siempre. —Matteo en su lugar sonríe de costado, irónico.
—Qué raro—Suelta Matteo, arrastrando las palabras. —No huele como las demás, no tiene miedo. —Él se inclina hacia adelante. —O quizás esta demasiado excitada para tenerlo. Rose aprieta los labios, ofendida.
—En cuanto a ti pequeña…—Leonardo es interrumpido.
—Rose. —Dice ella, sorprendiéndose por su atrevimiento repentino. —Rose Aldebarán. —Murmura, cuando siente tres pares de miradas enfocadas en ella.
—Rose. —Repite Leonardo. —Hermosa, frágil, y llena de espinas. —Ríe. —¿Sabes porque estás aquí? —Ella asiente, para su sorpresa, Leonardo la mira expectante.
Rose retrocedió un paso.
—Yo… quiero dedicarme a la oración. —Leonardo soltó una carcajada elegante, sin mirarla siquiera.
—¿Oración? —dijo, como si saboreara la palabra— Querida… aquí también se reza. Solo que nuestras plegarias son… más sinceras. —Rose sintió que sus mejillas ardían. Su instinto le gritaba que huyera. Pero sus pies no obedecían. ¿Por qué no podía moverse?
De pronto, Leonardo chasqueó los dedos.
Las velas del altar en aquella habitación se encendieron todas a la vez, rodeándolos con un resplandor dorado y carmesí.
—Primera prueba. —declaró, como si dictara una misa. — Si quieres unirte a nuestra Orden, debes demostrar entrega. Y aquí… no hay entrega sin sinceridad. —Matteo la tomó por la muñeca y la arrastró al centro del altar. Sus dedos eran fuertes, implacables. La colocó de rodillas sobre el mármol frío.
—Mírame. —Ordenó, inclinándose hasta que sus rostros casi se tocaron. Sus ojos eran fuego líquido.—. No vas a rezar con palabras. Vas a rezar con tu cuerpo. Y vamos a ver si tu fe resiste.
Rose quiso responder, pero Leonardo se agachó frente a ella, sosteniéndole el mentón.
—No temas. —susurró, con esa voz que podía ser una bendición, muy oscura, nada convencional. — Nosotros no castigamos el deseo. Lo celebramos. —Rose parpadea incrédula.
¿No era eso lo que ella había estado evitando todo este tiempo?
—Cierra los ojos. —Le ordenó Matteo, Rose obedeció de inmediato.
El roce de sus dedos sobre su rostro fue suave, casi reverente. Como si de verdad la estuviera bendiciendo.
—Confiesa, Rose. —Dijo Leonardo, tan cerca que podía sentir el calor de sus labios. — Dime el peor de tus pecados. Dímelo… o lo adivinaré. —Rose tragó saliva.
—Yo… He… He sido… impura. —Leonardo sonrió, acariciando la comisura de sus labios.
—No…No, Has sido deliciosa. —Corrigió—. Y lo volverás a ser. —Hay algo en sus palabras que parecen ser una promesa silenciosa, ella lo sabe.
Una mano temblorosa se posó sobre su hombro, aun con los ojos cerrados, Rose supo que se trataba de aquel joven tembloroso, Luca.
Cuando Rose abrió los ojos, lo vio mirándola con una mezcla de ternura y hambre. Sangraba por la nariz otra vez, apenas un hilo delgado que se escurría lentamente hasta perderse en sus ropas negras.
—Puedo… detener esto… si quieres. —Susurró, pero su tono era un ruego. Como si no quisiera que ella lo hiciera. Rose no respondió. No podía. Su silencio fue el permiso que él buscaba.
Luca se arrodilló detrás de ella y, sin atreverse a tocarla más, dejó caer su frente sobre su espalda. Su respiración era agitada, casi dolorosa.
De pronto, Matteo tomó su cabello y tiró de él con fuerza, provocando que un gemido de dolor abandone sus labios, y consecuencia haciéndola mirarlo.
—No mires al suelo, devota. Gruñó—. Míranos a los ojos cuando le entregues tu fe a los verdaderos dioses de este templo. —Rose sintió el corazón martillando en el pecho.
No sabía si quería huir… o quedarse de rodillas para siempre.
Leonardo acarició sus labios con el pulgar, Matteo la mantenía sujeta, y Luca apenas contenía su temblor.
—Esta es tu verdadera oración. —susurró Leonardo—No pedir perdón… sino aceptar quién eres. —Rose cerró los ojos.
Y por primera vez… no rezó.







