Mundo ficciónIniciar sesión“Acepta el pecado cometido.”
El momento había llegado y es algo que Rose sabía de antemano, en menos de 24 horas ya se encontraba frente al altar que, terroríficamente le recordaba a ese en sus sueños, solo que, en sus sueños, no recuerda que hubiera tantas personas.
Devotas que observan en silencio, como si estar en un altar con una vestimenta que está muy lejos de ser “santa” fuera lo normal, había hombres que a lo lejos se mantenían observando, Rose asume que, ellos también son parte de esto, de alguna manera. Ya que son adoradores.
Ella da un paso tras otro, las luces de las velas negras se queman rápidamente, el olor a incienso mientras que música de un órgano de piano resuena en sus oídos. Todo se siente familiar, lejano al mismo tiempo.
El gran altar la esperaba, ahora tenía un cambio al de antes, estaba cubierto con un manto negro, rodeado de cadenas doradas y sobre él, los tres la esperaban.
Leonardo la observo primero, con una sonrisa que le helaba la sangre pero que al mismo tiempo la escandia. —¿Lista para florecer? —Dijo él extendiendo la mano.
Luca por otro lado, se apartó un mechón del cabello, nervioso, nueva vez su nariz sangraba. Pero, no dejaba de mirarla. —Si no quieres…podemos parar. —Susurro, pero su voz sonaba como la súplica de alguien que no podría resistir detenerse.
Matteo que permanecía impasible, se recargo contra el altar, brazos cruzados, mirándola como si su presencia le perteneciera completamente.
—Sube. —Le ordeno con voz cortante. Y ella, así lo hizo.
Leonardo la ayuda a subir, colocándola de rodillas. Manos juntas que inevitablemente tiemblan, su corazón late fuertemente, tanto, que duele y pese a que Rose trata de mantener la respiración en calma, parece ser algo imposible.
—Hoy renuncias a tu vieja vida. —Anuncia Leonardo, acariciando su mentón. —No más rezos vacíos. No más falsa pureza. —Sus palabras la hacen temblar.
Matteo tomo una cadena dorada de apariencia ligera para quien no la está cargando, la sujeto al cuello de Rose, ajustándola con precisión, no le corta la respiración, pero, si hace que ella sienta que está ahí, presente.
—Hoy decides si eres nuestra. —Gruñe, tirando de ella, hasta que eventualmente Rose lo miro.
Luca que yacía detrás de ella, coloco sus manos temblorosas sobre sus hombros y murmuro:
—Yo…yo no quiero que sufra. —Dijo. —No mucho. —Volvió a susurrar. Leonardo sonríe suavemente.
—Oh, Luca…la devoción siempre suele al principio. —Leonardo levanto un cáliz, bañado en oro, adornado con joyas no muy llamativas, pero si lo suficientes para verse costoso. Dentro, había un líquido oscuro.
—¿Debo beber? —Preguntó finalmente. Su voz sonó más pequeña de lo que le habría gustado. El silencio llenó el templo, expectante. —¿Qué es esto? —Pregunto.
—Nuestra sangre. —Matteo responde sin vacilación, sin dramas innecesarios. Siempre directo, al grano. Esa respuesta le dio escalofríos, pero, ¿realmente es necesario que lo hiciera?
—Solo si estás dispuesta a beberlo…entonces hazlo. — Fue Leonardo quien respondió.
Rose frunció el ceño, dudando
—Eso no responde mi pregunta. —Responde ella. Una sonrisa apareció en los labios del hombre, no era burlona, pero era peor que eso. Divertida.
—Sí. —Respondió él simplemente, como si hubiera escuchado la pregunta que ella en su mente formulo. Rose sintió deseos de golpearlo. Muy fuerte.
Las devotas parecían encontrar perfectamente normal aquella conversación absurda. Ella no.
—¿Y qué ocurre después? —Susurro.
—Depende. —Dijo Leonardo.
—¿Depende de qué? —Cuestiono ella.
—De ti. —Rose soltó un bufido, empezando a enojarse, olvidando el miedo que sentía hace unos segundos.
—¿Siempre respondes así? —La sonrisa de Leonardo se amplió apenas.
—Casi siempre. —Rose apretó los dientes, quería respuestas a su pregunta, las necesitaba. Pero cada vez que hablaba con Leonardo, terminaba más confundida que antes.
—No entiendo nada de este lugar. —Murmuro al fin.
—Lo sabemos. —Matteo fue quien habló esta vez. Su voz grave resonó por toda la estancia. Rose giró hacia él.
—Entonces explíquenmelo. —Exigió ella, empezando a desesperarse, no podía irse, no sabía si podría si quiera hacerlo, pero, la puerta custodiada por dos adoradores se lo dejaba en claro.
—No podemos. —Volvió a decir Matteo, su ceño se frunce de manera profunda como si la sola idea de dejarla ir, fuera inconcebible.
—Debes de descubrir algunas cosas tu sola.
Aquella respuesta consiguió frustrarla aún más. —Contesto finalmente Luca. No dejando lugar a más preguntas y si ella quería respuestas, entonces debería de buscarlas por sí misma.
Perfecto.
Todos en aquel templo parecían haber firmado un contrato para responder con acertijos. Rose soltó un suspiro cansado. Estaba agotada. Mentalmente agotada.
Las noches sin dormir comenzaban a pasarle factura. Solo deseaba dormir tranquilamente y nada más.
Rose tomo una bocanada de aire mientras, su mirada se encontraba en el cáliz que tenía entre sus manos, no sabe si aquello que hay dentro es sangre humana, pero parecía una especie de melaza por su color y contextura al mover un poco la copa.
—Solo quiero que esto termine. —Murmuro ella, llamando la atención de aquellos tres, quienes sin que ella se diera cuenta, sonrieron sádicos.
Rose tomo del cáliz, y el líquido realmente se abrió paso por su boca, era esposo, entre el dulce y el amargo, al mismo tiempo que lo trago todo, sintió el calor que le quemaba la garganta junto con su vientre.
Probablemente no debió de hacer eso.
Quizás acaba de cometer el mayor de los errores en su vida. Pero ya estaba hecho, mientras el líquido se deslizaba por su garganta ella cerraba los ojos y al abrirlo. Se sintió diferente.
Cuando Rose acabo de tomar aquel liquido extraño, la sensación de mareo la invadió, su mirada se encontró con los ojos grises de Leonardo, quien, satisfecho la observa desde arriba.
—Ahora eres nuestra, Rose. —Susurro Leonardo, rozando sus labios con el pulgar en un gesto íntimo, pero dominante. —Nos perteneces en cuerpo, alma…y pecado.
Sin embargo, ahora más que nunca, la sensación de ser vigilada se intensifico en Rose. Ha hecho algo que no debió suceder nunca.
Solo que ahora era demasiado tarde para arrepentirse.







