—¡Quiero café! —grité aguantando la risa, sentada sobre la cama.
Y es que, ahí le tenía a él, en mi cama, tumbado encima de las sábanas con el brazo alrededor de mi cintura. Así me había despertado cuando sonó la alarma del móvil.
Al final no había logrado subirme a su cama, así que se metió él en la mía.
—Ven, dame un beso y te llevo a que tomes el mejor desayuno del mundo —dijo acercándose, intentando besarme.
—Con un café me conformo y, tranquilo, que ya me lo pago yo —respondí apartándolo