—¿Te está gustando el país? —me preguntó recostándose en la silla con la taza en la mano.
—Sí, realmente es todo lo contrario a lo que me había imaginado.
—¿Ves como no corres ningún peligro? Conmigo estás a salvo.
—Pues me alegra saberlo, a ver si es verdad que no me secuestran, o que me cambies a un pastor de ovejas por cuatro camellos.
—Si te cambiara, quizás me dieran dos.
—¿Dos camellos? —pregunté abriendo los ojos como platos, ¿ni siquiera los cuatro que yo había pensado? — ¡Qué ho