Me levanté con resaca y fui hacia la cocina, ahí estaba él y sonriendo me dio una pastilla y un zumo de naranja.
—Me quiero morir…
—No, siéntate en el sofá que te pongo el desayuno, perobaquí no muere nadie —me miró a modo de burla, con una media sonrisa.
—Bueno, tú ya me entiendes…
—Lo hago, pero ya te lo dije —señaló al sofá—, a sentarte y a desayunar.
—¿Cuál es el plan de hoy? —Cogí un pan que había en la mesa.
—Nos vamos a la Isla de Skye.
—Wow, eso no me lo esperaba.
—Pues allá vamos, con