Eva jaló una silla de la mesa de jardín y tomó la mano de su padre, pues se dio cuenta de que él se encontraba desconcertado ante su presencia.
- ¡Eres tú! ¡Realmente eres tú, Eva! -dijo el hombre con lágrimas en los ojos.
- Sí, padre… -dijo Eva con algo de nostalgia en la voz.
- ¿Por qué viniste? Tú ya tienes una vida, no tienes por qué cargar con nada de nosotros, dime que tu madre no te obligó a esto… -dijo Sebastian angustiado.
- No, ella no me obligó a venir, ¿Por qué nunca me dijiste nada?