- ¡Por favor, Sergio! -suplicaba la mujer entre lágrimas. - ¡Perdóname! ¡Yo, yo nunca debí hacer lo que hice! ¡Era joven, era inmadura, me dejé llevar por lo que tú me dabas! Pero… Pero yo, sí te amaba… Yo, yo también veía una vida contigo.
Sergio se acercó a ella; su andar era tranquilo, él no tenía ni una prisa por terminar el juego, así que se puso en cuclillas y levantó el mentón de la mujer que yacía en el suelo, bañada en sangre y lágrimas.
- ¿Creíste que nunca te encontraría? -dijo Sergio