60. Incierto
Karla Duarte
Entrar a la mansión fue como entrar a una postal de revista: ventanales altísimos, luz cálida y ese aroma a madera y mar que lo hacía todo más acogedor. No pude evitar sonreír al ver a Sara, estaba preciosa con su pareo, y la abracé con fuerza, casi como si fuera mi hermana de sangre.
—¡Los extrañé! —dije, con una mezcla de sinceridad y sarcasmo que me caracterizaba. Luego giré hacia mi hermano y le di un beso rápido en la mejilla—. A ti también, gruñón.
Sara soltó una risa suave,