6. Coincidencias del destino
Ernesto Duarte
Abrí la puerta de la oficina de mi padre a las ocho en punto. Puntual como siempre, aunque tuve que dejar mi café en la oficina porque no alcance a tomarlo.
Él ya estaba ahí, recargado en su silla de respaldo alto, con los brazos cruzados y la expresión de quien lleva rato esperando. Pero lo que me incomodó no fue eso.
Fue mi hermano Erik. Estaba ahí también.
Sentado justo frente al escritorio, tan cómodo como siempre, como si todo le perteneciera por derecho divino. Fruncí el ce