8. Don amargado
Sara Sandoval
La puerta se cerró a mis espaldas con un leve clic.
La oficina de Ernesto Duarte era exactamente como me lo imaginaba: sobria, masculina, imponente. Las paredes estaban pintadas en un gris profundo que contrastaba con el mobiliario de madera oscura y acabados de acero. Todo en ese espacio gritaba control, perfección y poder. Una gran ventana detrás de su escritorio dejaba entrar la luz natural, iluminando apenas la figura del hombre que lo ocupaba con esa presencia dominante. Habí