14. La venta
Álvaro Duarte
Entré a la cocina hecho una furia, sintiendo cómo el calor del coraje me recorría desde el pecho hasta las sienes. La imagen no dejaba de repetirse en mi cabeza: Esteban, con esa maldita sonrisa de satisfacción, rodeando la cintura de Emilia.
Apreté la mandíbula hasta que sentí un leve crujido en la quijada. Emilia y Esteban tenían un hijo. Un vínculo eterno. Algo que, por más que doliera, los conectaría de por vida. Y yo... yo solo tenía promesas. Recuerdos. Y una esperanza que c