12. Dos secretos que guardar
A la mañana siguiente me sentía como en las nubes. Mi humor estaba en su punto máximo, me sentía correspondida y feliz. No tenía duda de que Esteban era el hombre de mi vida. Mientras yacía en mi cama, deslicé mi dedo índice sobre el techo, dibujando en el aire el contorno de su rostro, recordando lo amada que me había hecho sentir la noche anterior.
Era sábado, y por lo general, en casa desayunábamos a las nueve de la mañana, dos horas más tarde que entre semana. Aún tenía tiempo de seguir dis