XLIX. El dolor de la aceptación
(Dominieck)
Un golpe tras otro Lyall y yo nos inferíamos, nuestra contienda era un total caos y fue tanto el estrepito de aquella que no solo nos bastó revolcarnos sobre el césped pues antes de que pudiéramos analizar ambos la situación terminamos justo en el agua, totalmente mojados y aun estando aquel elemento de por medio nosotros no parábamos.
Cada golpe que yo propinaba lo hacía enserio e indudablemente infringía daño contra aquel, pero a Lyall no le importaba.
Yo lo hacía con rabia