No me había dado cuenta de que seguía apretando los puños hasta que sentí las uñas marcadas en mi piel. Maya caminaba por el pasillo, evitando mirarme, cuando su teléfono vibró. Vi cómo sus ojos cambiaron al leer el mensaje: del brillo tranquilo al puro terror.
—¿Quién es? —pregunté, acercándome.
Ella apretó el móvil contra el pecho, como si quisiera ocultarlo del mundo.
—Nadie —susurró, girándose.
—Maya, no me mientas.
—No quiero hablar de esto ahora —su voz sonaba rota, temblorosa