38. Dejarlo todo en manos del destino
Rayan Sotomayor
Mientras compartíamos el postre favorito de Sofía, me di cuenta de que había momentos que, por simples que parecieran, podían marcar el alma. La risa suave que soltaba entre cucharadas, las bromas ligeras que surgían en medio de la conversación… todo parecía una tregua momentánea a la tormenta que habitaba en su corazón. Y en el mío.
Me atreví a susurrarlo, sin saber de dónde saqué el valor:
—Me encanta verte sonreír… tu sonrisa es la más bella que mis ojos han visto.