El fuego crepitaba en la chimenea de su oficina.
Cassian estaba de pie, los brazos cruzados, mirando la ventana abierta a la noche. La luz de las llamas marcaba su perfil con tonos cobrizos.
Detrás de él, su Beta permanecía sentado, silencioso, con una copa entre los dedos.
—Alfa —dijo el Beta por fin rompiendo la falsa quietud—. ¿De verdad planea someterlas así? A las Lunas.
Cassian no se volvió pero no necesitó hacerlo para responder.
—No.
Su voz fue un filo bajo, casi inaudible aunque bast