Katherine sintió el aire distinto al del Noroeste, más denso, más viejo, más lleno de historias que parecían murmurar entre las columnas antiguas de la casa de la manada.
Los cachorros se adelantaron, entusiasmados, mirando todo con ojos enormes.
—¡Mamá, mira eso! —gritó Klarissa señalando una fuente de piedras blancas que brillaba como si dentro hubiera luz propia.
—¿Eso es magia? —preguntó Kash con la mandíbula caída.
—Parece... —susurró Christian que iba un paso atrás, siempre analítico, sie