La luna llena colgaba sobre el palacio como un ojo plateado, observando cada movimiento entre los muros de jade y mármol. Aisha no podía dormir. La noche se había sumergido en una paz tan aparente como frágil.
Se levantó de la cama, deslizándose entre las sombras hacia el jardín privado del Pabellón de Invierno. El aire olía a flor de ciruelo y tierra húmeda, pero bajo ese perfume inocente, percibía algo más: el aroma metálico de una tormenta que se avecinaba.
— No deberías estar aquí sola.
La