Mundo ficciónIniciar sesiónEn un mundo donde los lobos gobiernan con una jerarquía ancestral, Arthur Standerwod emerge como el elegido, destinado a ser el Alfa supremo. Su camino parece claro: encontrar a su pareja, la única mujer lobo de pelaje blanco y ojos azules. Pero el destino tiene otros planes. Cuando Arthur regresa a la reserva de lobos se encuentra con Anette Sinclair, una renegada, una marginada entre los suyos. Sin embargo algo en ella despierta un poderoso vínculo en Arthur; desafiando todas las reglas establecidas. ¿Podrá Arthur cumplir su destino o sucumbirá ante el intenso lazo que lo une a Anette? ¿Que misterios aguardarán tras la intervención de la diosa Luna?. Enfrentados en un destino incierto, Arthur y Anette deben decidir si seguirán las sendas trazadas por otros o se atreverán a forjar su propio destino en un mundo donde el amor y la lealtad se entrelazan en una danza de desafíos y pasiones.
Leer másLos aplausos y risas aun resonaban en la inmensidad del salón palaciego, Anette observaba fijamente las llamas danzantes en sus pupilas, como si más que consumir el cuerpo de Archivald estas estuvieran consumiendo el mínimo resto de humanidad que quedara dentro de ella.No había satisfacción, solo el vacío de alguien incapaz de sentir, de pronto un grito desgarrador nació de su garganta, mientras se doblaba sobre si misma; llevándose las manos al pecho ante la sensación de que le arrancaban las entrañas.Lagrimas carmesí brotaron de sus ojos, manchando sus mejillas en líneas de sangre y dolor; nadie se atrevió a acercarse, como si de ella emanara un aura pesada y peligrosa que los mantenía alejados, incapaces de ayudarla con lo que sea que le estuviera pasando.Cuando Anette levanto la mirada hacia las grandes puertas, sus ojos estaban cargados de una furia mortal, como si el culpable de su sufrimiento se encontrara del otro lado de la imponente madera tallada.— Ragnar — el nombre br
La consciencia parece ser una burla cuando se es un caparazón vacío… desprovisto de emociones, de vida… poseyendo solo un corazón envenenado que no hace más que marchitar tu ser, tu alma, tu esencia…El azul de sus ojos, cargado de vida, de esperanza, de amor; había sido reemplazado por el rojo de la perdición, teñido de codicia, acompañado de una sonrisa filosa, depredadora. Anette había muerto, dándole paso a un ser tan desconocido como mortal.Sentada en su trono de huesos y cenizas, ese que había sido construido para ella con las ruinas de su antigua identidad.La pérdida de su humanidad había dado paso a la máxima perfección, esa que nunca creyó alcanzar y que ahora se abrazaba a ella como una segunda piel, como un manto de poder que cubría el dolor que la carcomía en las entrañas desde que Arthur la rompió en mil pedazos.Sus ojos vampíricos observaban… cada gesto, cada sonrisa… cada reverencia… era la reina que estaba destinada a ser. Y aun así se sentía más vacía que nunca.—
La lluvia caía en hilos plateados, cortando el cielo como lágrimas que el mundo no podía contener. Cada gota que golpeaba la piel de Anette era un alfilerazo de realidad, recordándole que aún estaba viva cuando todo en su interior había muerto.Caminaba bajo el aguacero como un espectro, los pies descalzos hundiéndose en el barro frío, deseando que la tierra se la tragara. El frío no era nada comparado con el vacío que cargaba en el pecho, ese agujero negro que se había devorado hasta el último atisbo de esperanza.El Castillo Vampírico se alzaba ante ella como un gigante cruel, sus torres negras perforando las nubes como garras que se burlaban de su impotencia. No era un hogar. Era el reflejo de su alma: una tumba de piedra llena de ecos de lo que pudo ser y nunca fue. Las puertas se abrieron con un gemido que resonó en sus huesos, como si el mismísimo castillo se mofara de su regreso.Los pasillos se extendían ante ella como un juicio final. Las antorchas no titilaban, llamas muerta
La tensión se colaba en el ambiente aun entre la calma aparente, la incertidumbre de lo que estaba por suceder era una voz susurrante que no permitía olvidarse de que el equilibrio pendía de un hilo; las manadas estaban divididas entre la lealtad y la desconfianza.Rein Wolfe había sido un traidor, pero también un alfa que, durante años; había velado por la grandeza de su manada, manada que ahora se sentía a la deriva ante la ausencia de un líder.— Esto está mal — susurró Aurora, para nadie en específico, sintiendo el peso del mundo siendo cargado sobre sus hombros, solo el leve apretón de la mano de Zac sobre la suya la mantenía conectada a la realidad y a la cordura mientras observaba a la multitud reunida en la gran sala, repleta de flores blancas, de la mansión Standerwod.La muerte de Rein dejaba un vacío peligroso que podría transformarse en algo mortal en un abrir y cerrar de ojos, y en ese momento más que nunca, la ausencia de su hermano pesaba como una condena.— ¿Crees que
El bosque seguía en silencio, pero ya no era el silencio de un cómplice, sino el de un testigo incómodo. La luna, alta y fría, iluminaba las facciones de Arthur, ahora más humano que bestia, aunque la sombra del lobo aún danzaba en sus ojos dorados.El aire entre ellos era denso, cargado de algo más que el aroma a tierra húmeda y hierro. La sangre de Arthur ya se había secado en las manos de Anette, pero el peso de lo que tenía que decirle se sentía más pesado que el metal.Ella respiró hondo, notando cómo el pecho de Arthur se elevaba y descendía con un ritmo agitado, como si aún luchara por mantener al lobo a raya. Sus ojos dorados, ahora más claros, la observaban con una mezcla de esperanza y temor.— Tengo que decírselo — pensó, pero las palabras se atascaron en su garganta.Arthur, perceptivo como siempre, inclinó ligeramente la cabeza.— Hay algo más — dijo, no como pregunta, sino como afirmación. Su voz era áspera, pero no por ira, sino por el esfuerzo de mantenerse humano.Ane
El bosque callaba, conteniendo el aliento como un cómplice. Las ramas de los árboles se curvaban en un arco protector, sus hojas susurrando secretos de otras vidas. El aire olía a tierra mojada y hierro, pero bajo ese olor, Anette percibía el rastro de lavanda que siempre llevaba en los pliegues de su vestido, ahora mezclado con la sangre de Arthur. El aroma le recordó a las tardes en el jardín del castillo, ese donde su historia había comenzado a escribirse en antaño.Anette no apartó la mano del pelaje ensangrentado. La sangre, tibia y espesa, se pegaba a sus dedos como un recordatorio de todas las veces que lo había tocado así: en Vindheim, cuando una espada lo atravesó; en el jardín de ciruelos, cuando sus manos eran inocentes. “Siempre termino manchada de ti” había bromeado una vez. Ahora, la ironía le quemaba la garganta.Arthur tembló bajo su contacto, y el sonido que escapó de su garganta no era un gruñido, sino algo más profundo: el gemido de un hombre que ya no soporta su pr
Último capítulo