Capítulo 66: Jardines de ciruelos secos.
El bosque callaba, conteniendo el aliento como un cómplice. Las ramas de los árboles se curvaban en un arco protector, sus hojas susurrando secretos de otras vidas. El aire olía a tierra mojada y hierro, pero bajo ese olor, Anette percibía el rastro de lavanda que siempre llevaba en los pliegues de su vestido, ahora mezclado con la sangre de Arthur. El aroma le recordó a las tardes en el jardín del castillo, ese donde su historia había comenzado a escribirse en antaño.
Anette no apartó la mano