Pasaron solo pocas horas cuando un auto se detuvo frente a la reja de hierro forjado. La mujer en el asiento trasero levantó la vista hacia la casa que se alzaba más allá del sendero de grava. Su rostro no mostró impresión alguna, solo la misma rigidez con la que había descendido del avión esa mañana. Se llamaba Margaret Doyle, y estaba ahí por un motivo muy específico: evaluar a Kerem Lancaster, al hombre que pedía la tutela legal de una niña.
Branwen, salió de la casa para recibirla. Llevaba