La vendimia había llegado una vez más.
El aire olía a dulzura, a uvas maduras y a tierra húmeda. Las afueras de Londres parecían pintadas por el sol, y el viñedo de Kerem se extendía como un mar púrpura hasta donde alcanzaba la vista. Era un año próspero, el mejor desde que volvió a ver sus tierras. Las vides cargaban racimos tan pesados que parecían inclinarse en gratitud por la abundancia.
Oliver caminaba entre los trabajadores, dando instrucciones precisas. Su voz se mezclaba con el sonido