—Hora de despertar, preciosa —murmuró Liam; una mano suave se presionó contra mi hombro.
—No. —Sonreí, aferrándome al calor que quedaba en la cama.
Mi fuente de calor provenía del otro hombre en mi cama, el que enroscó sus brazos alrededor de mi cintura, acariciando su rostro en mi cabello con un gesto de satisfacción.
El calor parecía irradiar de los gemelos en oleadas, y noté la fina capa de sudor que cubría mi cuerpo. Ethan olía a cítricos y madera, a hoguera crepitante, a comodidad y segur