Adara
Nos fundimos fuerte en un abrazo interminable, me besaba en la frente, era imposible no llorar. Era más alto, desde hace años me sacaba más de una cabeza; ya no era ese delgado y escuálido niño rubio de centelleantes ojos azules. Ahora era grande, fornido e irreverente, leal a su familia, desde la carta recibida por nuestro padre. Cuando cumplió los dieciocho años se le vio un cambio notorio.
Se enfocó arduamente en los estudios de su carrera y sacó dos al mismo tiempo: administración en