Adara
En ese momento comprendí todo el peso que había estado cargado a su espalda, sin quejarse. Julián se había mantenido firme. Yo me la pasé quejando, en vez de ser de ayuda, mientras él con su valentía no solo batallaba con mantenernos con vida, sino comprender mi infantil histeria.
Una vez terminé la cena a las cinco comimos, no lo habíamos hecho desde la mañana. Recogimos y lavamos lo que ensuciamos en el riachuelo. Seguíamos sin decir nada. Apagó el fuego, nos encerramos en la carpa, ha