Tres meses podían parecer poco cuando se medían con un calendario, pero suficientes para transformar por completo la rutina de dos personas que habían aprendido a convivir entre silencios, miradas y pequeñas costumbres. El Pent-house Davenport ya no conservaba aquella frialdad impecable de meses atrás. Sobre la mesa del comedor descansaban flores frescas que Amanda cambiaba cada pocos días; varios libros permanecían abiertos en la sala porque ella tenía la costumbre de leer en distintos rincone